Complejo de Edipo, Reflexiones

Párrafos seleccionados de Bleichmar, S.: “Violencia social – Violencia escolar” De la puesta de límites a la construcción de legalidades.”  Caps: Sobre la puesta de límites y la construcción de legalidades. Noveduc, 2008.

Sobre la puesta de límites y la construcción de legalidades:

Un mito: el del niño librado a sus pulsiones hasta la instauración del superyó como resolución del conflicto edípico. Una conclusión entonces: antes de la resolución de éste, vale decir, hasta aproximadamente los cinco años, ausencia de toda perspectiva ética en la infancia.

En medio de esto una falacia: la herencia estructuralista de funciones materna y paterna que deja al adulto despojado de clivaje, mostrándolo homogéneo en el ejercicio de narcisizaciones y pautaciones que aparecen diferenciadas en función de las consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica.

Funcional a la demanda de “puesta límites” que se propone como equivalente para la infancia de la “seguridad” que se reclama para controlar el malestar vigente, es la construcción de legalidades la que debe ser rescatada como cuestión central de la infancia, y la derrota de la impunidad lo que realmente brindará garantías de la construcción de un recontrato intersubjetivo en la sociedad actual.

He señalado en otra oportunidad que el concepto de función paterna parte de los descubrimientos de Lacan, que constituyen ya conceptualizaciones importantes de la teoría psicoanalítica en general, y que merecen ser revisados y despojados de los elementos de la subjetividad del siglo XX que los atraviesan.

No se puede destituir un enunciado teórico por razones ideológicas –por muy validas que estas fueran-, ya que lo verdadero no puede ser subordinado a lo justo en el orden de la ciencia, aunque si puede serlo en el marco de las opciones éticas que se nos plantean. Lo verdadero, por otra parte, es verdadero en el interior de un universo de posibilidades y no eternamente verdadero o universalmente verdadero, más allá de las condiciones que lo producen.

La ley de prohibición del incesto entre padre e hija es estructurante, y esto es verdadero al menos en las condiciones de producción de subjetividad que conocemos dentro del determinado sector de la humanidad en el cual nos ha tocado vivir.

Si un mérito tienen la teoría de Lacan consiste entre otros en haber introducido la función terciaria de la interceptación del goce y haber arrancado el proceso de edipización infantil de la condena endogenista a la cual parecía destinado, poniendo el acento, mediante un giro teórico fenomenal, en la prohibición de intercambio de goce entre el niño y el adulto.

Sin embargo, queda abierta la cuestión de si esta interceptación puede ser sostenida bajo la denominación de Nombre del Padre, que es en última instancia el modo con el cual se definió, en términos generales, la implementación de la ley edípica en el interior de la familia patriarcal burguesa de Occidente. Atreviéndome incluso, en una nota al pie, a afirmar: ¿Cómo conciliar este afán universalista con tal nivel de subordinación sin deja entrever el pensamiento –hegeliano desde el punto de vista filosófico, colonial desde la perspectiva política- que considera a la Francia de las luces como la culminación de la Historia de la Humanidad? ¿Por qué no llamar “metáfora del tío” o “del cuñado”, o del “jefe tribal” o, incluso, de la “amazona principal” al significante con el cual se introduce la ley de cultura en el hiato que arranca al niño de su captura originaria y lo precipita a la circulación?

Vayamos haciendo una puntuación de problemáticas para señalar, en primer lugar, que la cuestión del padre nos lleva, inevitablemente, a lo que hemos marcado antes como construcción de legalidades. Si el mito del parricidio en Freud parecería antropológicamente insostenible, tiene, por otra parte, la virtud de poner en primer plano la cuestión de la culpabilidad como inherente a los orígenes de las pautaciones de la cultura. No se nace con “pecado originario”, pero si con “culpa originaria”, y es esta culpa por el asesinato del otro la que opera como ordenador y regula la circulación deseante en la cultura.

Hay acá un acto fundacional de peso: la ética se constituye por la obligación al semejante, y el parricidio instituye un daño necesario en su paradojal instalación, ya que uno podría plantearse, como se está haciendo en la actualidad, si habría pasión sin Judas, si habría pautación en la cultura sin el crimen y su prohibición como punto de partida.

La segunda cuestión es si realmente la ética surge a partir de la inscripción de la renuncia edipica que da origen al superyó o tiene antecedentes que van marcando la posibilidad de su instauración. La practica con niños y la observación de muchas situaciones de la vida cotidiana me han llevado a plantearme que los prerrequisitos del sujeto ético son más precoces de lo que se supone, y surgen en la relación dual con el otro antes de que la terceridad se instaure. Podríamos decir que la posibilidad del niño de entrar en una relación transitivista, que podemos llamar de carácter positivo, se caracteriza por la instalación temprana de modos de identificación con el semejante con respecto al sufrimiento que sus acciones puedan producirle o a las que padezca sin su intervención directa.

El complejo de Edipo implica la posibilidad de reconocimiento del daño producido a un tercero. Sin embargo, mucho antes de eso, esta primera etapa de la que pretendo dar cuenta se sostiene en el deseo recíproco de protección ilimitada del objeto amado y en el sufrimiento que su dolor le implica. Se trata de un complejo juego de narcisismo y altruismo, en el cual la identificación al otro permite, al mismo tiempo, la instauración de las bases de toda legislación futura como resguardo de reglas que impidan la destrucción mutua.

Tercera cuestión en la cual necesariamente desembocamos, que remite a la llamada Función del Padre y a su vigencia en la cultura. Varias aclaraciones de inicio: es ya insostenible el furor estructuralista que termina superponiendo estructura edípica con constelación familiar, en razón de una diferenciación de funciones en la cual cada uno de los miembros intervinientes se presenta sin clivaje. Me refiero a que el aporte de una estructura de cuatro términos tiene ventajas cuando es comprendida como modelo, y desventajas cuando se pretende su traslado a la realidad encarnada por sujetos psíquicos. Dicho aún más claramente: que el superyó sea patrimonio de la identificación al padre no puede ya sostenerse en la idea de que su proveniencia sea efecto de la presencia de un “hombre real”. Padre, si se conserva como función, es una instancia en el interior de todo sujeto psíquico, sea cual fuere la definición de género que adopte y la elección sexual de objeto que lo convoque.

Esto trae dos consecuencias: por una parte, que hay que abandonar el modelo patriarcal de la familia de occidente para ceñirse a las condiciones racionales –vale decir reales- de producción de subjetividad. En este sentido, seguimos atravesando el camino que nos lleva a diferenciar entre producción de subjetividad y constitución psíquica, para rescatar los paradigmas del psicoanálisis de su imbricación con una subjetividad-desecho que los aprisiona.

Reformulé el concepto de Edipo en términos del acotamiento que cada cultura ejerce sobre la apropiación del cuerpo del niño como lugar de goce del adulto, y la familia como producto de las relaciones de filiación y no de alianza. En este sentido, es la asimetría de saber y poder entre el niño y el adulto y la responsabilidad que esta asimetría impone al adulto en función de la restricción de su propio goce lo que define los términos con los cuales la función de construcción de legalidades en el nivel de la subjetividad debe ser redefinida.

El Complejo de Edipo from Mario Elkin Ramirez on Vimeo.

Es indudable que hay una diferencia entre los conceptos de Función Paterna y Nombre del Padre. Indudablemente, el Nombre del padre es efecto de un entrecruzamiento entre el intento de establecer un “inter”, un separador en el nivel simbólico que imponga la decaptura del niño de la madre, y la forma que toma en la familia francesa del siglo XX esta función nominativa que, pretendiendo dar cuenta de la interdicción del deseo de la madre por el hijo, regula, en definitiva, el deseo de la madre en el interior de las relaciones matrimoniales sacrosantamente y civilmente  pautadas. El segundo aspecto es de carácter político y sociológico.

No se tiene en cuenta en esta mónada que constituyen los elementos estructurales que el padre, legislador omnisciente, es al mismo tiempo parte implicada, y que la ley no se transmite, en su caso, sino bajo dos prerrequisitos: en primer lugar, la aceptación amorosa del hijo –que la inscribe por amor a quien la imparte y no solo por terror- y, en segundo lugar, la infiltración permanente de fantasmas y residuos sexuales del adulto que la imparte.

Es en este sentido que debemos decir que si los cuidados precoces del otro primordial –llamado usualmente madre- dejan filtrar lo que Laplanche ha llamado el orden de la implantación sexual, vale decir de la transmisión de un orden de excitación que tiende a romper el orden natural y a instaurar lo humano en términos de plus libidinal, del mismo modo la transmisión de la ley infiltra los fantasmas del adulto, deja paso a representaciones que devienen excitantes, y regula en el mismo movimiento que deja colar por sus intersticios estos fantasmas y deseos del otro. El Hombre de las ratas no es sino un ejemplo clásico de esta cuestión. Vemos en él realizado, en sus fallas y logros neuróticos, este modelo excitante que impone el fantasma sádico de la renuncia del otro, de la hostilidad con la cual el niño es pautado si el adulto no tiene a suficiente distancia aquello que debe estar reprimido.

Pregunta de rigor en nuestra practica, entonces, ante el pedido de cómo se pone un límite: “¿Y qué siente usted cuando él o ella hacen esto o lo otro?”. Sabiendo que toda pautación es resistente a la perversión del otro.

El legislador romano o ateniense con el cual se ha intentando en psicoanálisis deificar la figura del padre, suerte de Moisés con las tablas en la mano, siempre dispuesto a sancionar al niño que adora a ese becerro de oro que es la madre, no es trasladable a la vida sexual cotidiana ni a los limites en los cuales ésta se juega.

Diferenciación entre la función de construcción de legalidades en la infancia de la crueldad con la cual el adulto puede ejercer acciones supuestamente tendientes a pautar, pero que en realidad encubren un goce sádico al cual el niño queda sometido.

Diferenciación también entre benevolencia hacia el polimorfismo infantil y complicidad perversa, recubierta esta última de un discurso hedonista que avala hoy todo goce, y rehúsa al futuro su condición de tal en función de postergaciones y renuncias necesarias para el ejercicio del principio de placer.

La puesta de límites dando cuenta de los bordes fallidos, pero inevitables en la construcción de legalidades, ya que no hay incorporación perfecta de la ley –salvo en la psicosis desubjetivante-.

Construcción de legalidades como cuestión central, la puesta de límites como problemática fronteriza.

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