SyP Jueves, 17 de Abril
19 septiembre, 2010 18:22 Imprimir

Anorexia-Bulimia: Parte VIII

En el camino de la sexualidad de la niña, se imponen como decisivos un cambio de la modalidad del goce (del clitorideo al vaginal) y de objeto (de la madre al padre). En la niña la castración introduce en el Complejo de Edipo. Es origen del alejamiento de la niña respecto a la madre y de investiduras amorosas hacia el padre (porque posee “el falo”). Pero esto explica sólo un punta del problema sobre la Sexualidad Femenina…aún abierto y desconocido.

La obesidad domestica

La Batalla infinita contra el peso (tiempo)

 

Parrafos seleccionados del libro de Recalcati, M., La última cena: Anorexia y Bulimia. Ediciones del Cifrado, Bs. As. 2004.

La imagen no es constituida intencionalmente por el sujeto sino que es constituyente del sujeto. Al contrario la anoréxica-bulímica quiere hacer de la imagen de su cuerpo una imagen constituida por la voluntad, por el sacrificio superyoico, tratando  de evitar el sacrificio simbólico de la castración. Restando contra el poder del significante (que mata la cosa) con el poder de la imagen.

Existe un goce que atañe a la imagen y que esta fuera de lo simbólico, afuera del orden de la ley simbólica; goce que queda más acá de la acción normativa del lenguaje. Este resto de libido que atañe a la imagen y que no cede a la ley simbólica indica la obstinación del goce narcisistico, su insistencia no plenamente simbolizable. Una imagen que debe obedecer al yo ideal, que si debe, es que todavía no se realiza, porque está condenado al fracaso, siempre queda un resto, un exceso de carne, de grasa. Su proyecto de dominio de lo real pulsional del cuerpo a través de la imagen estética se convierte en una nueva servidumbre.

En el tiempo de la infancia el sujeto es fundamentalmente el objeto de la voluntad del Otro. El lugar del niño en el discurso familiar es el lugar de quien debe responder y satisfacer las expectativas del Otro. El niño se identifica al significante de la demanda del Otro, a aquello que el Otro quiere de él, convirtiéndose en objeto del fantasma materno. Es el movimiento de la “alienación-significante”.

El tiempo de la adolescencia es un segundo tiempo que puede corregir o rectificar el resultado del encuentro con el Otro, jugado por el sujeto en su infancia. Es el movimiento de “separación”. El sujeto deja de ser el objeto del fantasma del Otro sino capaz de construirse el propio fantasma. Crea el lugar para el objeto causa del deseo como objeto del propio fantasma, la agalma, el objeto a. La crisis adolescente implica un aumento de espesor real de la pulsión que el adolescente no enfrenta a través de lo simbólico, no a través de Ideal del yo, sino que recurre a un simétrico aumento de espesor del registro imaginario, o sea por medio de una inflación excesiva, narcisistica, del yo ideal. Es como si el problema del adolescente fuese aquel de lograr gobernar el aumento de espesor real de la pulsión a través de un aumento de espesor imaginaria del Ideal. Es un intento de dominio del ideal sobre la pulsión.

En el camino de la sexualidad de la niña, a diferencia del niño, se imponen como decisivos un cambio de la modalidad del goce (del clitorideo al vaginal) y de objeto (de la madre al padre). En la niña la castración introduce en el Edipo, en cuanto origen del alejamiento de la hija en relación a la madre (descubierta por la niña como carente de falo) y del investimento amoroso del padre (que en cambio posee el falo). La anoréxica introduce la nada como objeto separador, sus estrategias fóbicas en relación a la comida son una forma de protegerse de la angustia de ser devorada. Son una llamada al padre, que fallo en el corte con el Otro materno, dejándola a merced del deseo de la madre.

El toxicómano vive a través de la potencia de la sustancia. La ilusión de dominio fálico, del saber del goce que es imposible se vuelve su leitmotiv. En la anorexia, en cambio, la potencia no es la de la sustancia, (la cual está literalmente reducida a “nada”) sino la de la imagen del cuerpo. Una cuasi-sustancia-la nada- que sin embargo la femineidad sabe elevar a significante del deseo del Otro, y que en cambio la anorexia logra solo fetichizar. El ídolo anoréxico demanda el sacrificio y no la realización de la femineidad. La potencia de la imagen del cuerpo-flaco no está para nada en relación a un más allá del goce fálico, sino que refleja plenamente el régimen obsesivo del tener.

En el ser sexuado hay dos goces: el goce fálico y el Otro goce. El estrago anoréxico es una extremizacion patológica de la dificultad de subjetivar el cuerpo en cuanto femenino. Mientras el cuerpo masculino está coordinado por la centralidad visible y representable de la imagen fálica, el cuerpo femenino carece de guía significante, porque, como nos ha ensenado Lacan, en el inconsciente falta un significante que pueda representar el ser del cuerpo y del goce femenino. En efecto, el ser de una mujer no puede ser pensado, de ninguna manera, en el registro fálico del tener. Una mujer no es una minusválida a nivel fálico. El problema, más bien, es que el más allá del falo implica un salto al vacío. Implica un abandono del falo como unidad de medida del ser. La anoréxica, en este sentido, se queda en el umbral del problema. No se aventura realmente en este más allá. Más bien tiende a cancelar y a negar la diferencia sexual como tal. El estrago anoréxico del cuerpo realiza un goce más allá del falo, pero sin castración; mientras la condición para alcanzar el más allá del goce fálico es justamente el encuentro con el límite de  la castración. En este sentido, el infinito de la anoréxica es un “mal infinito”: no se realiza nunca, sino que exige, en realidad, un diferimiento continuo. La imagen ideal e infinita –mas allá de los sexos- del cuerpo flaco es tan desesperadamente deseada como constantemente inalcanzable.

El paradigma anoréxico-bulímico es la “restauración imposible de la Cosa”. Quedarse más acá del significante, para no perder, significa quedarse pegado a la Cosa. Pero una vez superado el umbral del cero, se cae en la vorágine sin fin, el sujeto queda expuesto a la ley de la repetición, que como tal es siempre perdida de goce. Superado el cero, se convierte en bulímica. Se pierde la luna de miel imaginaria de la anorexia. El tiempo no retorna jamás. El S1 que da inicio a la cadena es irrepetible, perdido en la cadena misma. Perseguir la coincidencia con el Ideal es efectivamente “tiempo perdido”.

En el primer tiempo de la constitución del discurso anoréxico-bulímico es el del Ideal que somete a la pulsión. Es la vocación mística de la anoréxica. Es la luna de miel del estadio del espejo. Dominio ideal sobre la pulsión que suscita una euforia imaginaria del sujeto, se evita la diferencia sexual impuesta por la castración. Es el cuerpo anoréxico como un ángel, que no tiene sexo.

El segundo tiempo del discurso anoréxico-bulímico hace un vuelco y es la pulsión que supera hora el Ideal. El resto arruina la imagen ideal, es el resto pulsional que insiste (a). Resto imborrable de toda operación simbólica. Por eso la pasión de las anoréxicas por la cocina, porque tratan de reducir todo lo que atañe al elemento pulsional en una cuestión del saber referencial, es una sublimación imperfecta. Se resiste a la perdida de goce. Por eso la restauración (volver a un estado anterior) de la Cosa a través del ideal (volver al estadio de la pulsión de muerte).

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1 Comentario

  • buenas acabo de enterarme de tu sitio y la verdad es que me parece chevere no sabia de mas personas interesadas en estos temas, aqui tienes un nuevo lector que seguira visitandote constantemente.

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