SyP Viernes, 24 de Octubre
12 enero, 2011 18:27 Imprimir

La trama del Síntoma y el Inconsciente: V parte

Schejtman, F.: “La trama del síntoma y el inconsciente”. Serie del bucle, 2006, Bs. As.

El síntoma y los Goces

Señor Matanza


Síntoma, Fantasma e Inconsciente:

En primer lugar, si se apunta a la juntura de lo “verdaderamente real” del goce sintomático con el que le compete al fantasma –goce soñado por el neurótico siempre dispuesto a amodorrar al primero en su tendencia dormitiva-, resulta que el goce del síntoma se presenta no-todo enmarcado por el fantasma.  Esto es, que si bien hay lo que del goce sintomático se encuadra en el fantasma –o lo que del goce fantasmático hace síntoma-, engendrando así, por ejemplo, el síntoma de una neurosis adormecida o no desencadenada, se vuelve necesario considerar, no obstante, y sobre todo en la perspectiva de situar aquello que se produce como incurable al fin del análisis la posibilidad de un estatuto del síntoma depurado de sostén fantasmático. Aunque es dable señalar, además, lo que del goce fantasmático podría no sintomatizarse: ¿encontraría el acting out allí su lugar?

Por otro lado, si dando un paso más, consideramos el goce de la “copulación de los significantes en el inconsciente”, señalaremos cuando menos que las formaciones del inconsciente se ubican, entre fantasma e inconsciente, como “fuera-de-síntoma”. Y esto porque el síntoma puede concebirse como lo que del inconsciente hace ex – sistencia. En efecto, Lacan aparte sobre el fin de su enseñanza, al síntoma de la serie que Freud describió y que incluye al sueño, al lapsus, al acto fallido, al chiste. De las formaciones del inconsciente, el síntoma se desprende entonces deviniendo “función del inconsciente”, lo único que nos prueba su existencia. El inconsciente termina siendo  lo que responde del síntoma.

Y es tan cierto que el síntoma se excluye de las formaciones que el inconsciente produce por su trabajo, que este –el inconsciente- termina siendo para Lacan, “lo que responde del síntoma” y por tanto “el responsable de su reducción”.

Un goce en lugar de otro:

Tendremos que considerar la idea –solidaria del pasaje del singular del goce al plural de los goces en la enseñanza de Lacan- de que la pérdida de goce en la estructura no es sin alguna suerte de recuperación: si caduca un goce surge otro en su relevo. Lo que impide, en sentido estricto, aquello que pretende cualquier perspectiva terapéutica: su reducción a cero.

En esto, ciertamente, alcanza con ser freudianos y armarnos con su concepción que anuncia lo indomesticable de la pulsión, debiendo concluir que el goce es Medusa: se corta una cabeza, crece una más allá.

Conclusión: de modo transpuesto, transferido, desplazado, sustituto, o como fuere, la pulsión se satisface…siempre. Aunque el yo nada sepa de ello. Y es en esto que el sujeto, para lacan, es feliz.

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El goce en el chiquero:

Comenzamos señalando para aquel al que hemos llamado el “portador asintomático”, la primacía de un goce más que avenido al principio del placer, puesto que dé el no se distingue: goce del dormir. “Gozar como cerdos”, sentencia Lacan en el Seminario 21, puesto que en el chiquero se duerme abundantemente. Política del avestruz -según la pluma freudiana- de alguien ignorante del goce que el síntoma le reporta. Desentendido de ello, pero en él cobijado y adormecido, este neurótico -decidido a seguir atontado- es aquel que no se ha separado aun de su síntoma: este no ha llegado todavía a distinguirse de su carácter. La ganancia –secundaria- que de allí se extrae abona la estabilidad de una feliz incertidumbre.

Así, en la llamada egosintonía del síntoma, lo real del goce sintomático –el que solo mas adelante podrá irrumpir- cede en sus dos frentes, ante el avance dormitivo del fantasma y el de la automaticidad de un inconsciente por el que el sujeto es trabajado.

Se trata de la formidable tijera del discurso del amo que garantiza el recorte del goce de cada quien, del que la realidad se sostiene –al precio de la incertidumbre antes aludida-, haciendo que de ese modo las cosas marchen al ritmo marcial que el amo impone. En esta perspectiva no puede sorprender, por lo demás, la preponderancia –entre las formaciones del inconsciente- del sueño como guardián del dormir, que guarece al neurótico de lo real sosteniendo su “normachidad”.

Cul de Sac

Signo de lo que no anda en lo real:

No faltan encuentros con lo real –lo que Freud localizaba más bien del lado de lo traumático- que posibiliten el quiebre. Allí encuentra el adormecido la chance que la contingencia le ofrece para despertar a lo mas intimo –mejor todavía, extimo- de sí mismo. El síntoma pasa a ser en ese punto el “signo de lo que no anda en lo real”.

Si hasta ahí las cosas marchaban a expensas de la hipnosis subjetiva impuesta por el discurso del amo, el síntoma deviene ahora “lo real en tanto se pone en cruz para impedir que las cosas anden”. La apertura de lo real del síntoma es correlativa, por lo tanto, del paso en falso del fantasma que, por su vacilación o realización –en cualquiera de los casos, de la suspensión de su función- pone en jaque la significación cristalizada que garantizaba para el neurótico la estabilidad de su realidad.

En el caso de la vacilación fantasmatica la angustia es señal de haberse asomado al borde del agujero. La vacilación del fantasma deja al sujeto inerme ante la falta del Otro. En el segundo caso, de realización del fantasma; el pánico, el horror, el espanto –o una serie de afectos que se anotan en esa línea-, dan cuenta del encuentro con el goce del Otro. Los dos casos se oponen tanto como el sueño de angustia a la pesadilla.

Pero este paso a lo real de un goce inédito también es correlato del detenimiento del trabajo automático del inconsciente, que con su producto de sueños custodiaba el dormir: tropiezo del “trabajador ideal” con la piedra del síntoma, cese de su automaticidad.

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El texto del síntoma y la transferencia:

Pasamos ahora a dar cuenta del síntoma en su estado más complejo y desarrollado: el que se alcanza cuando es puesto en forma en la transferencia analítica.

En un movimiento inverso, en cierto sentido, respecto del que relatábamos recién, la puesta en marcha del análisis produce el detenimiento de la hemorragia de goce que el tiempo anterior implicaba. Torniquete del psicoanálisis en el que se verifica un efecto terapéutico, allí donde la apertura del inconsciente opera el cierre de lo real del síntoma, transformándolo en analítico.

Primera lectura de la propuesta de Lacan que asegura que “el inconsciente es lo que responde del síntoma” y el “responsable de su reducción”: la insistencia palabrera del inconsciente, responde de la resistencia del síntoma reduciéndolo -reduciendo su cara real- … por la interpretación. El “inconsciente-interprete” fuerza al síntoma a volverse plenamente un mensaje dirigido al Otro: el síntoma deviene, de este modo, quizás por vez primera interpretable.

Trama del síntoma y el inconsciente que permite al primero la entrega de un guion, de un argumento. El síntoma adquiere, por ese entramado inédito, una nueva textura: en efecto, se vuelve texto pasible de desciframiento.

Esta puesta en forma –de texto- del síntoma comprende, a la vez y fundamentalmente, una transformación de goce – el alcance preciso del efecto terapéutico recién referido-: del goce sufriente del síntoma al goce del desciframiento. Terapéutica propiamente psicoanalítica que descansa en el trabajo de quien devine psicoanalizante: alguien ya no trabajado por el inconsciente, sino, trabajador –lo que rigurosamente escribe el discurso analítico-.

Por lo demás, es sabido que la otra vertiente de esta reducción del síntoma era ya adjudicada por Freud a la transferencia: “… es inevitable entonces que los síntomas queden despojados de libido […] toda la libido es esforzada a pasar de los sintomas a la transferencia y concentrada ahí…”. Destacamos aquí, únicamente, la vía por la que la transferencia del fantasma sobre la relación con el analista posibilita, en cierto sentido, una restauración de su función –la del fantasma-, aquella que había sido puesta en cuestión por la apertura de lo real del síntoma en el tiempo anterior.

CATITA y sus amigas

Hacer del síntoma, Witz:

Abordemos ahora, cuando menos sucintamente, la cuestión del síntoma en el final de la cura.

Afirmamos con Lacan que, siendo el síntoma el partenaire sexual del ser hablante, es decir, aquello con lo que se suple el lugar dejado vacante en la estructura por la inexistencia de La mujer, no debiera esperarse del final de un análisis su liquidación-la desaparición lisa y llana del síntoma, puesto que el fin de la cura psicoanalítica no hace existir La mujer que no hay.

De este modo es concebible que un síntoma –ciertamente, uno que debe a ese final su singularidad- reste como respuesta frente al ausentido de la relación sexual. Y bien, por lo menos una vez, Lacan planteo en términos de identificación la posición de aquel que finalizó su análisis, respecto de ese resto sintomático: “Identificación con el síntoma”, tal la respuesta del analizado frente a la falla ineliminable de la estructura.

Pero conviene señalar que los distintos estatutos del síntoma que hemos examinado hasta aquí ya comportaban otros tantos modos de vérselas con ese agujero,es decir,suplencias que vienen al lugar de la relación sexual que no hay. Más precisamente, señalemos que tal función de suplencia se evidencia inequívocamente como una solución en los casos de los primeros y terceros estatutos del síntoma examinados: el síntoma de la neurosis adormecida y el síntoma analítico son “buenos remedios” frente a la inexistencia de la relación sexual. Mientras que en el segundo estatuto considerado –el padecimiento sintomático que introduce el desencadenamiento de la neurosis- es la dimensión de problema la que predomina: lo que, en el mejor de los casos, precipita la consulta al analista.

Destaquemos entonces, en primer término, que si resta un síntoma al fin del análisis, tal síntoma ya ha entregado, de sentido, lo que un psicoanálisis puede extraer de él. No abierto ya a desciframiento alguno, persiste su “hueso”: núcleo de goce incurable del síntoma.

Ahora bien, ese goce que obtiene el analizado royendo el hueso del síntoma no puede confundirse con el que le aportaba el fantasma. Lo que nos habilita a señalar que presupone su atravesamiento. Lo que nos habilita a señalar que presupone su atravesamiento –el del fantasma-. Atravesamiento de este, entonces, identificación con aquel.

¿Sino con aquel hueso sintomático, con que real podría calarse la pantalla fantasmatica? En efecto, es con el síntoma –lo “que muchas personas tienen de mas real”– que se rebate la significación coagulada que comporta el fantasma fundamental del sujeto. Ningún otro “instrumento” habilita ese relámpago de lucidez, cuando acontece.

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¿En que tomara apoyo ahora el analizado, llegado al borde mismo de su neurosis, cuando ya no cuenta con el dudoso amparo que proveía el goce-sentido, el “gonce-zonzo” del fantasma, sino en lo incurable del goce del síntoma? La paradoja de la estructura -S (A barrado)- revelada, no sin angustia, por el atravesamiento del fantasma fundamental, puede resolverse en invención… sintomática. Con el síntoma, aquel que llego al término de su análisis, se hace una respuesta novedosa frente al ausentido de la relación sexual –en todo caso, una que ya no lo deniega.

Porque, a la identificación con el síntoma que asoma ya en ese: “hacerse”, debe sumarse, todavía, un importante resguardo. Efectivamente, es preciso que en esa identificación postrera con el síntoma el analizado pueda, además, no hacerse uno con el –como podría creerse-. Así, objetando cualquier identidad reforzada que de allí pudiese surgir, impugnando cualquier transparencia que de ahí pudiera ganarse, Lacan prefería interponer, en ese punto, las “garantías de una especie de distancia”. Garantías que aquí referimos, sin más a la acción de un inconsciente que el fin de un análisis tampoco elimina.

No se trata ya aquí de la respuesta de la insistencia de la cadena significante –del “inconsciente-discurso del amo”- operando el apaciguamiento de algún real sintomático por el sentido, sino de la letra del inconsciente que puede hacer, del síntoma, Witz. El inconsciente realizado reduce el síntoma volviéndolo Witz; el atravesamiento del fantasma alivia al inconsciente del goce-zonzo; la identificación con el síntoma trueca la repetición fantasmatica en una que no sea vana.

Se trata aquí de “apostar” el hueso del síntoma en el lugar conveniente. Impidiendo que la identificación con el síntoma devenga “identifijación consolidada” –lo que engendra, menos un analizado, que una estatua de bronce siempre idéntica a sí misma-, el inconsciente realiza su responsabilidad al responder del hueso del síntoma –verificado como incurable en el fin del análisis-, equivocándolo. Una-equivocación y una-equivocación y una-equivocación: fecundas zancadillas de la letra del inconsciente que hace de la identificación con el síntoma un “saber-hacer-ahí” – cada vez, en la contingencia – con lo real.

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